El Gobierno se revuelve contra la impunidad de Miguel Ángel Rodríguez y alerta del peligro del “ciclo del bulo”
En el disparatado juicio de las últimas páginas de 'Alicia en el país de las maravillas', de Lewis Carroll, el Rey reclama al jurado que considere primero las pruebas y luego dicte la sentencia, a lo que la Reina se opone firmemente: –No, no –protestó la Reina–. Primero la sentencia… después las pruebas.
–¡Valiente idiotez! –exclamó Alicia alzando la voz–. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero!”
Parece que lo que en la fábula de Carroll era una diversión infantil, el Tribunal Supremo lo ha convertido en triste realidad. A mi juicio, todo el proceso ha sido una farsa grotesca con el único fin de desgastar al Gobierno y exonerar al delicuente (así lo confesó su abogado), al noviete del ático donde vive la Sra. Ayuso.
Han lanzado un fallo sin pruebas, las únicas pruebas fehacientes han sido las de los periodistas que unánimemente declararon haber recibido y contrastado la noticia antes que el FGE. Unas declaraciones despectivamente rechazadas por el juez intructor y no consideradas por el Tribunal que juzgó al FGE, que ha basado el fallo en meros indicios maliciosos de la UCO y del resto de la banda lawfare, con tontunas notariales tales como la de "unidad de acto".
Según contaban los abogados del fiscal, ni este ni ellos sabían en algunos momentos de qué delito se le acusaba. Parece que los cinco conservadores cambiaban de delito a su coveniencia.
Quizá estén tardando tanto en pronunciar la sentencia porque estén analizando minuciosamente cada palabra con la que justificar el desafuero y no dar, así, facilidades a los que sin duda van a negar la validez de esta chapuza judicial.
Ciertos estudios muestran que al menos el 80% de los jueces y fiscales son conservadores, es decir, votan al PP o a VOX, y los ha elevado a altas instancias un CGPD que durante cinco años los nombró con el mandato caducado. No importaba que no hubieran hecho una oposición: hubieran nombrado a un bedel solo por ser un facha redomado. Al final, un decreto del Gobierno les negó seguir haciendo nombramientos mientras estuvieran con el mandato caducado. Lo que nos preguntamos es por qué no lo hicieron antes.
Finalizamos con otro capítulo del segundo libro de Lewis Carrol, en el que la reina Blanca le dirá a Alicia que el mensajero de su esposo —el sombrerero loco según el dibujo de Tenniel- está en la cárcel cumpliendo una condena por un juicio que no comenzará hasta «el próximo miércoles», por un delito que no solo no se ha cometido todavía, sino que no se sabe siquiera en qué consistirá…







