Creo rotundamente en que
no soy un paranoico. Ya sé que cada uno de esos esos lunáticos
niega serlo, pero créanme, no soy uno de ellos. ¿Por qué han de
creerme?: fácil; cuando me pregunto ¿confías en tí mismo y en lo
que dicen de tí, por malo que sea?, la respuesta es, ¡rotundamente,
sí!
Lo cual reafirma mi teoría
del duende que habita mi casa desde hace algún tiempo.
Veamos, todo empezó poco
después de la pandemia. Un día. haciendo algún tipo de bricolage,
fuí de golpe a echar mano a la espátula con la que estaba
trabajando, y héteme aquí que no la encontré. Tras más de una
hora dando vueltas por una casa no demasiado grande, decidí bajar a
la ferratería y comprar una nueva. Se lo comenté al ferratero, y el
hombre, muy juicioso, me dijo, hace usted bien, por tres euros no se
va a pasar media vida buscando la espátula.
Después vino lo de el
resumen de un poemario de un premio mexicano de la letras, un regalo
de su para mí muy querida hermana. Se lo dí a leer a mi gran amigo
JF, poeta él, que no mostró gran aprecio por la obra del vate
mexicano. Días después decidí reerlo tratando de encontrar por qué JF no había apreciado los versos del cuate, pero el libro había
desaparecido. Revisé toda la biblioteca y, ¡ni flores del poemario,
hasta hoy! En un acto imprudente, le pregunté días después a JF si
se lo había llevado por descuido; naturalmente era una pregunta
retórica, ante la cual simplemente encogió un hombro y ni me
contestó.
No hace mucho, tras la
pandemia, un día compré en Benidorm un CD a un comedian
standalone inglés, a un cuentachistes mayorón, pero que tenían cierta gracia añeja. Lo oí en casa y poco después intenté copiarlo
para regalárselo a JF, pero fue imposible encontrarlo. Revisé
todos los CDs por si se hubiera metido en otra funda, y ni por esas;
pasó inmediatamente al baúl de los recuerdos, como la espátula; con
la agravante de que la espátula era reemplazable y el viejo
comediante ya estaría en un cementerio de Liverpool.
Otro día, la afeitadora
dejó de funcionar; acabé afeitándome con una cuchilla y pensé
averiguar si lo que fallaba era la maquinilla o el cable
transformador, cosa fácil de comprobar. A día de hoy el maldito
cable transformador no ha hecho acto de presencia y sigo afeitándome
con cuchilla.
Otra pérdida notable ha
sido la de un baulito donde guardaba las pilas, y tenía por los
menos 20 AAA's y otras tantas AA's, además de algunas
parapepilédicas de 9V y otras cilíndricas de más alto
voltaamperaje. Bajé al chino a comprar la pila para el riego automático,
y el cable andará por ahí perdido. Solo el duende lo sabrá.
Otra de las pérdidas más
lamentables ha sido la de la pata del mono bombilla, un regalo de mi
hija Sara, ahora solo tiene tres patas, y cada vez que ella viene la
echa de menos. Por cierto, el último en juguetear con el mono fue el
cuate JF. ¡Bah, pura casualidad!
Bruno, mi hijo, dice que
es el gato el que me esconde las cosas debajo del sofá; pero el
viejo Hegel va a cumplir 18 años y ya no está para esos trotes. Su última
travesura fue esconder con la patas mis gafas detrás del televisor.
La asistenta, Neli, las encontró en una de sus limpiezas a fondo.
Pero lo más serio ocurrió
anoche. Fui al congelador, saqué una jarra escarchada para volcar
una cerveza; abrí el bote y ¡la jarra ya no estaba allí! Tampoco
era cuestión de dejar que se calentara la birra mientras
buscaba la jarra, así pues, encontré un vaso del tiempo y volqué la
cerveza en él. ¡Hasta hoy!
¡Creo en la convivencia!
Tampoco puedes emprender una lucha a muerte contra un enemigo
desconocido, contra un okupa travieso, ¿o no?.
JGM, 14 Oct 2025