Por mucho que algunas
partes de este Estado fallido intenten equiparse al occidente europeo, lo
tienen difícil. Muy difícil, cuando la más alta magistratura, hablo de la Jefatura
del Estado, lleva cerca del medio siglo siendo el hazmerreír de la prensa mundial por su corrupción y chusca trayectoria.
Pero quizá más trascendente sea la carencia de una derecha civilizada como las europeas o las que gobiernan en Catalunya o Euskadi.
Aquí las tres derechas que se asocian para gobernar
donde pueden, dejan mucho que desear desde un punto de vista democrático.
Por un lado, un fascismo puro y duro representado por ese fulano del caballo y la pistola que reivindica el franquismo como esencia de gobiernos.
Le sigue de cerca un parafascismo del pillo del máster exprés que comanda esa asociación de malhechores -tal como dictara un juez-, y que a corto plazo va a volver a acaparar los banquillos de los juzgados. Un sujeto que, quizá por su breve paso por la enseñanza reglada, basa su ideario político en negar continuamente al contrario, sin la menor iniciativa creativa.
Y, por último, el criptofascismo de la líder de un partido indefinido decadente, pero efectivo en cuanto a ceder sus escaños a los otros dos.
Las derechas de este desdichado país han tenido siempre a
bien demonizar cualquier intento separatista, pero por una vez desde la
agonizante Transición goza el país de un Gobierno estable, apoyado en sus
proyectos de ley y en sus presupuestos por una variedad de partidos
nacionalistas de derechas y de izquierdas. Catalanes, vascos, navarros,
cántabros y turolenses aprueban y o participan en ese comunión progresista. Es
esa unión nacional la que más irrita al
fascismo neofranquista, que no cesa de torpedear cualquier intento de
modernizar la sociedad, alabando a ese
lastre de curas tridentinos, viejos militares africanistas y jueces torticeros
golpistas.
Esas tres derechas, más propias de la primera mitad del siglo anterior, no son aún capaces de reconocer la legitimidad del Gobierno más interterritorial que ha habido nunca en este país. No reconocen que han sido los votantes los que les marginado en las urnas, quizá esos 25 millones de españoles que la carcundia africanista gustaría fusilar, ese residuo franquista a los que el fulano de la pistola considera “de los suyos”.
JGM